Desde Baskinta, El Libano, en Tamboril se cobijó el olor a poder de la marca Abinader

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José-Dorín-Cabrera

En la medida mi cabeza se
parece a una balada de
cenizas de otoño, me
gustan más los recuerdos.
Ahora, que aún es
noviembre el mes en que el
sabio don José Rafael
Abinader Wassaf, se
marchó vestido de madera.

Érase una vez.
Que desde las montañas de Baskinta ese olor a poder de marca Abinader,
se cobijó en el cobijo de una humilde casita pintada de azul en Tamboril,
Santiago, a los dos días de marzo de 1929, en la persona de don José
Rafael Abinader Wassaf y tomó cuerpo en el ser dulce y apacible de doña
Rosa Sula Corona. En el 2017 el candidato presidencial Luis Abinader
visitó a Baskinta, lugar donde nació su abuelo José S. Abinader. Su abuela
Esther Wassaf, de padres libaneses, nació en Montecristi.
El apellido Abinader.
Es el enclave del relato de la narrativa de una marca corporativa de poder
que se anidó desde 1939, cuando el joven Abinader Wassaf de 10 años
de edad trabajaba por un centavo que le entregaba al sr. Valdez para que
le alquilara, por media hora, un ejemplar del periódico La Nación.
Faenaba troncos de pino que deslizaba sobre el lomo del rumor de las
aguas del río, hacia el pequeño muelle de un aserradero.

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Arriesgaba su vida más que por un centavo, por la pasión, las ilusiones y
las emociones de sus motivaciones para adquirir, con ese centavo,
conocimiento e información que pudiera brindarle La Nación. Leía a toda
hora con la luz que hubiera, a veces paseándose bajo los árboles
devorando lecturas como si se leyera así mismo orientado por sus ideas
idealistas y de progreso.

Quiso ser ingeniero. No pudo. Logró un empleo para sostenerse en la
capital. Más después, él fue un ingeniero de almas en cualquiera de las
facetas de su existencia y, sobre todo, de la producción de conocimientos
y de las cosechas agradables que ofrece la universidad que don Rafael
fundó y orientó.
Cuando diseñé su campaña.
A la senaduría por Santiago (JCE. 45.3%; José Cabrera y Asoc. 45.0%), a
solicitud del dominicano más universal el doctor Peña Gómez (febrero
de 1998) al igual que la de don Cuqui Medrano, senaduría de La Vega
(JCE. 52.4%; José Cabrera y Asoc. 52.0%), bíblicamente en menos de 40
días, pude intuir El Quijote que residía en una de las habitaciones de su
mente.
Aquella vez, también pude apreciar en él mi recuerdo de Gary Cooper
con sus ojos como dos botones insufribles, que aguardaba “Solo ante el
peligro” un tren que contenía el significado de la palabra verdad y justica.
En aquellos días de su campaña él y yo sentados muy temprano en el
banco de un parque (a la espera para rodar uno de sus spots) me narró
con fervor sus oníricas ilusiones presidenciales. En 1979, él puso a pagar
a la Gulf & Western $38.7 millones. Evasión pago erario por operaciones.
En 1999, siendo senador por Santiago, fue el primero que atisbó las
garras sobrevaluadas del dúo dinámico Andrade y Odebrecht. Acueducto
Línea Noroeste.

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García Márquez me dijo una vez.
“…La vida no es la que uno vivió sino la que uno recuerda para
contarla…”. Él era una mina inagotable de alegría que plasmaba
desgranando su onírica poesía, su febril actividad académica,
empresarial y política. Era un romántico feliz que navegaba surcando las
nubes del mar. En una oportunidad del tiempo, el azar quiso que el
maestro y yo nos tropezáramos un domingo en la tarde en el Estadio
Quisqueya Marichal. Empezó a llover a cántaros. Él estaba auxiliado por
tres personas. Se detuvo el juego. Licey-Aguilas. Abrí un paraguas y nos
protegimos de grandes pedazos de lluvias. Nos sonreímos y mientras
caminábamos hacia uno de los pasillos del play, me expresó gratitud por
el gesto. Pude observar la inmensidad de sus ojos como hojas ocres cual
su último otoño, mientras una hebra de luz aleteaba el camino de los
adioses, me expresó “…Luís será presidente…”.
Falleció a las 6:45 del domingo.
Un noviembre como éste que transcurre el día 4 de 2018. Antes de
cruzar los brazos contra su pecho, cerró las puertas de una calle vedada
a sus pasos, asido al último rostro con el rostro eterno que lo recibió el
ocaso sin una brizna de viento. Fue un notable estratega de sus afanes.
En una ocasión, me invitó a su oficina para brindarme ideas sobre la
campaña de su hijo Luís. Fue el trigo que al morir en el pan repartió vida.
Y como él no pudo alcanzar aquél agradable sueño.
Sí lo hizo realidad aportándole su marca, su aura, sus consejos, sus
experiencias y recursos a su hijo Luís Abinader, Señor presidente de la
República, cuya vigorosa e incansable imagen de marca hace hoy todo lo
posible para que el futuro huela bien, a pesar de los diferentes tipos de
pandemia incluida la que nos obliga a chocar puños o codos lejanos con
la intensidad de la cercanía de un abrazo.

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El poder evocador del olfato.
Recuerdo al enorme de Marcel Proust y su magdalena (una macita, un
bienmesabe, un bizcochito, untado dentro de una taza de té) cuyo aroma
lo condujo a la creatividad de “En busca del tiempo perdido”. El olor de
la marca de poder del aroma del cambio ofertado al mercado de
votantes, ese sentimiento convertido en voto mayoritario, se podría
recordar como el fin de una Era.

No obstante, entiendo, el cambio transita sin el diseño y ejecución.
De una Política Nacional de Comunicación accionada como una de las
herramientas del desarrollo económico y social, de la seguridad
alimentaria y de la seguridad ciudadana, de la salud, educación, empleo,
cultura. La voz del cambio anda cada una por su lado. Algunas con
agendas propias. En fin. La personalidad iconográfica televisiva post
moderna de la infatigable marca presidencial Abinader, debería exhibir
la ejecutoria de una política de comunicación (que no solo es
información y publicidad) en consonancia con sus ideas de cambios y con
el cambio hacia un nuevo orden narrativo.

Forjando cual orfebre.
Una inspiración adhesiva emocional a la narrativa de su ejercicio como
presidente de la esperanza que irradia el triunfo contra la adversidad, de
la historia de su discurso con sentimientos y barniz en las lágrimas de su
voz.

Para asentar un sólido posicionamiento.
Seductor en el campo de batalla de la mente de la opinión pública, de
los amplios núcleos de independientes y del electorado que le votó en el
marco de una democracia sentimental de una sociedad de espectáculos
que nació hace más de 526 años en la Taína con el ritual de los Areitos,
poesías cantadas que movían los pies, bebiendo cerveza de maíz
fermentado en el conducto digestivo y esnifando polvo de tabaco.
Alucinada creía ver sus ancestros.

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Todas las sociedades han marcado su temporalidad con fastos
ritualizados.

Nuestra sociedad tiene un cerebro político emocional.
Que puede formatearse para el mejor vector de la ideología del cambio.
Es un cerebro emocional de pasiones épicas que alimentada por un buen
relato activa la corteza frontal orbital, ahí donde se enamoran las
emociones en el espectáculo de esa democracia sentimental cincelada
por las industrias comunicacionales que formatean la mente.
Dostoievski me mandó a decir en “Los demonios” que “…El fuego está en
las mentes y no en las casas…”. Es la fe la que hace mover montañas. El
presidente, conocedor de los grandes problemas nacionales es también
un gerente de emociones y de empatías con actitudes positivas en el arte
de gobernar, con habilidades estratégicas que les faciliten ejecutar el
cambio que se propone.
Él tiene a su lado la poderosa energía mágica de Raquel Arbaje, su esposa
y compañera.
La Política Nacional de Comunicación del cambio, es su asignatura
pendiente.

josedorincabrera@gmail.com

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