UN TEMA ESCABROSO

Opinion
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Abordar de nuevo el controversial tema de la inmigración ilegal haitiana es como llover sobre mojado y por sus diversas implicaciones, tanto en el plano nacional como internacional, y de manera específica, en las tan a menudo conflictivas relaciones con Haití, como caminar sobre arenas movedizas.

De unos días a hoy, el problema ha vuelto a resurgir con fuerza, ante la cada vez más notoria presencia haitiana en lugares públicos y el resurgimiento del temor sobre la a todas luces imposible fusión entre ambos países, separados más que por la en muchos aspectos inexistente frontera y al margen de resabios históricos, por grandes diferencias de cultura, educación,  idioma, costumbres, formación ciudadana, condiciones sanitarias, economía, nivel de vida y potencial de progreso, entre otros aspectos.

Y no dejan de seguirse alzando voces representativas tanto del gobierno como de la oposición, la Iglesia y distintos sectores de la sociedad civil, incluyendo el Instituto Duartiano  reclamando del gobierno adoptar medidas urgentes para frenar la que se ha dado en calificar como “invasión pacífica” del territorio nacional.

De entrada tenemos que asumir la realidad de que estamos impuestos sin apelación a compartir el territorio que ocupamos. Y que la situación prevaleciente al otro lado de la isla es de extrema pobreza, y por consiguiente, resulta inevitable y un reto permanente que quienes allá aspiran a lograr mejores condiciones de vida traten de moverse hacia nuestro territorio, donde pese a nuestras limitaciones,  esperan encontrar mejores oportunidades de subsistencia.  No hay diferencia con el sueño de progreso, tantas veces convertido en dolorosa tragedia, que tradicionalmente ha motivado a muchos dominicanos a arriesgar la vida en frágiles yolas para introducirse ilegalmente en Puerto Rico, burlando la vigilancia migratoria.

Es una tendencia inexorable que registra la historia en todas las épocas y que al presente, en todas partes del mundo y ahora mismo, constituye uno de los principales quebraderos de cabeza de muchos otros gobiernos y países, principalmente en Europa y los Estados Unidos.   Los empobrecidos haitianos van a tratar de seguir viniendo en todas las formas posibles. Y es a nosotros, y no a ellos, a quienes corresponde enfrentar el problema en la justa defensa soberana de nuestra integridad como nación.

Es a nuestro gobierno y no al vecino, al que toca sellar la frontera, de tal modo que no se permita la entrada al país de ningún ilegal, menos aún en la forma masiva en que tradicionalmente ha venido ocurriendo a través de un contrabando que por la facilidad y frecuencia con que tiene lugar, más se asemeja a giras turísticas que a intentos clandestinos, en especial la traída masiva de parturientas haitianas, casi siempre a punto de alumbrar y en la mayoría de los casos en precarias condiciones prenatales, que consumen buena parte del presupuesto de salud y a las que por elementales razones humanitarias, es imposible negarle asistencia.

Es a nuestro gobierno al que corresponde aplicar las leyes migratorias y laborales que nos hemos dado y que son desconocidas y violadas impunemente. Tal, la obligación de contratar un 80 por ciento de personal dominicano y un 20 extranjero, cuando en realidad ocurre al revés, comenzando por las propias obras públicas. Una incógnita importante a despejar es hasta que punto la contratación de personal haitiano con salarios más bajos y en la mayoría de los casos, sin seguridad social ni cobertura de salud desplaza la mano de obra nacional y asimismo, en qué proporción, suple la que esta rechaza realizar, principalmente en la arduas tareas que requieren el sector agrícola y la industria de la construcción.

Preciso, por consiguiente, que comencemos por respetar y aplicar una política migratoria apegada a las normas vigentes que hemos establecido por propia decisión,  sin abusos ni atropellos, con estricto respeto a la dignidad de las personas y los derechos humanos, pero aplicada de manera permanente y no por ocasionales episodios de escandalizado patriotismo lo que, a fin de cuentas, termina siempre por tensar unas siempre difíciles relaciones de convivencia que, al margen de extremismos de allá y de acá, es preciso tratar de conservar en los mejores términos.

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