LA LEYENDA NEGRA

Opinion
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Empecemos por decir primero que, este libro ‘’La Leyenda Negra de España’’, publicado por vez primera en el año de 1914, hace cien años, ha sido hasta ahora la obra literaria más plagiada en la historiografía española. Su autor Julián Juderías y Loyot, nacido en Madrid, España, el 16 de septiembre de 1877, es una de las figuras más fascinantes de la Edad de Plata de la cultura española. Políglota que llegó a dominar dieciséis idiomas, intérprete del ministerio de Estado –hoy de Asuntos Exteriores-, periodista, crítico literario y sociólogo, a su temprana muerte era ya autor de veintiocho libros y de innumerables artículos. Aunque no pretendió inventar la expresión <<leyenda negra>> fue quien más contribuyó a difundirla con esta obra y fue también el primero en dar una definición del concepto, así como en estudiar cómo afecta a España y a los españoles.  La publicación de La Leyenda Negra en 1914 convirtió a Julián Juderías en el precursor de los estudios acerca de la imagen y de la propaganda. (Fuente consultada. Internet).

Es por cuanto que, en el ámbito de la historia se especializó en la Edad Moderna. Le debemos también un gran estudio sobre Gibraltar  y las relaciones hispano-británicas en el siglo XVIII, la biografía de algunos favoritos de Felipe III y trabajos pioneros como el que dedicó a la España de Carlos II.
Por ellos, nos hemos de preguntar ¿Cómo es posible que la historia de una nación como España –creadora del primer imperio global, protagonista absoluta de la Edad  Moderna y responsable de la primera gran hibridación cultural y humana entre pueblos de distintos continentes- sea hoy tan desconocida y escasamente valorada por parte de propios y extraños? Algunas respuestas se hallan en esta obra del erudito Julián Juderías, escrita en 1914.  (1).
<<Si España, literariamente hablando, es un país de manolas y toreros, y de holgazanes, históricamente es un país de frailes y de inquisidores, de verdugos y de asesinos, de reyes sanguinarios y de tenaces perseguidores de la libertad y del progreso en todos sus órdenes.>> Quien  resume así la percepción común de nuestro país, dentro y fuera de sus fronteras, es el todavía joven intelectual Julián Juderías y Loyot (1877-1918). (Fuente: Clásicos de Historia).
La Leyenda Negra contra la Conquista y contra España, se inicia con la publicación del libro del abate francés, Guillermo Raynal, ácido, con frecuencia calumnioso, y continúa con los ataques que no pocos españoles, amotinados contra su propia patria, lanzan contra la conquista y contra la colonización por motivaciones políticas que no honran a nadie, y menos que a nadie, a sus autores.
Admitamos la validez de esas acusaciones; aceptemos que en la conquista de América se unieron la crueldad y la codicia, para convertir la más grandiosa de las epopeyas que hasta hoy conocemos en una especie de animal hibrido, mitad hombre y mitad caballo, como el centauro. En este caso para convertirla en un proceso en el que participan casi en las mismas proporciones, el heroísmo y la barbarie. Pero, ¿en qué acción bélica, en qué hecho de guerra, sea cual sea el siglo y sea cual sea la nación que lo realice, no se derrama sangre humana y no se violenta, por fuerza, o por necesidad, el orden natural de las cosas?
Hoy mismo, a pesar de que nos hallamos a poco más de una década del inicio del tercer milenio de la Era Cristiana, y en las postrimerías del segundo; ¿no hemos visto en el Medio Oriente, en pleno Golfo Pérsico, temblar la tierra bajo los cascos del caballo de Atila? ¿Y no hemos asistido, varias décadas atrás, en África del Sur, con los Boers, a la repetición del abominable espectáculo descrito por Tito Livio como las ‘’Horcas Caudinas’’?
Pero fueron españoles, los que con mayor carácter repudiaron esta serie de crímenes contra la humanidad. Fue la Reina Isabel la Católica la primera que se preguntó a sí misma y preguntó a sus asesores eclesiásticos, si tenía o no la facultad de coartar los derechos de los indios. Si podía o no imponer contra su voluntad a los aborígenes de nuestro continente una autoridad extraña.
Es decir, fueron los propios dirigentes y los propios conductores de aquella sociedad de teólogos y de soldados, los que plantearon como una crisis de conciencia el problema de la legitimidad o de la ilegitimidad de la conquista, del camino a seguir, en una palabra, ante las nuevas situaciones que la presencia de España debía necesariamente promover en las tierras recién descubiertas.
Para apreciar en toda su extensión la moralidad y la nobleza de esa actitud, hay que tener presente que todo esto sucede en las postrimerías del siglo XV y en los inicios de la centuria siguiente. Es de tomarse en cuenta, que en estos momentos, España era militarmente la nación más poderosa del mundo. Pero ha de tenerse en cuenta, de que todo ese poderío lo puso humildemente España a los pies de la cruz para convertir la propagación de la fe en el eje de su misión civilizadora. Si hubo durante la conquista  vandalismo, esos vandalismos, esos excesos, si no quedan redimidos, merecen por lo menos ser excusados, ante la decisión de la Reina Isabel La Católica y de sus sucesores de proseguir su obra en América, con el principal objeto de salvar el alma de las tribus idólatras, ungiéndolas con el Crisma Romano.
España, en dicha ocasión como en muchas otras, procedió, según la conocida expresión de Shakespeare, ‘’como Dios que hiere para salvar a los que más ama’’, a sus propias criaturas y obró como la espada de Aquiles, que según el verso homérico, ‘’curaba las heridas que ella misma hacía’’.

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