Mario Rivadulla

Seguramente a muchos dominicanos, y no solo a los menos ilustrados e informados, escapa la importancia que revisten los incendios que han estado consumiendo buena parte de la inmensa riqueza forestal de la Amazonía durante las últimas semanas.  Un error de apreciación.  Basta pasar revista por la columna semanal que bajo el título “Consultorio Ecológico” que al cuidado del ingeniero Eleuterio Martínez, especialista en recursos naturales, publica el diario Hoy todos los martes.  Los datos que aporta hablan por sí solos.

Martínez advierte lo que puede significar para la estabilidad ambiental del planeta, y por consiguiente para la vida que habita en ella, la desaparición de la Amazonía que constituye su mayor masa boscosa, la cual alberga la cuarta parte de todas las especies vegetales de la tierra y una cantidad similar conocida  de animales

El vasto territorio que ocupa, alrededor de siete millones de kilómetros cuadrados de superficie,  extiende sus límites hasta ocho países de las América del Sur: Brasil, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Guayana, Surinam y Bolivia.  

Su importancia ambiental radica en que los bosques que alberga absorben anualmente unos 10 mil millones de toneladas de CO2, el dióxido de carbono, impidiendo que pasen a la franja de aire que envuelve la tierra y preserva el oxígeno que respiramos haciendo posible la vida de seres humanos, animales y plantas que poblamos la tierra. 

Tal como señala Martínez en su orientadora columna, esa cantidad de CO2 que recoge la Amazonía es el equivalente a toda la cantidad que cada año envía a la atmósfera China Continental, que supera a los propios Estados Unidos y Japón que le siguen en el escalafón de las naciones que producen mayores niveles de contaminación en el plano mundial.

Y con sobrada razón se queja de que a las economías superdesarrolladas parece resultarles más cómodo y barato contaminar la atmósfera utilizándola de basurero en vez de invertir en la colocación de chimeneas y sistemas de filtros depuradores,  evitando así el negativo impacto ambiental que originan y aumenta en la medida en que expanden su capacidad industrial.

De igual modo hace notar que tan solo en el recién terminado mes de agosto se detectaron más de un centenar de incendios distribuidos a todo lo largo y ancho de la amplia superficie que ocupa la Amazonía, donde hasta ahora han resultado inútiles los esfuerzos desplegados para controlarlos.

Imposible calcular por anticipado los resultados de esta auténtica tragedia ecológica  en términos de riqueza boscosa y animal cuyos efectos nocivos  alcanzarán todos los rincones del planeta.  Asimismo en que medida afectará la capacidad para enfrentar los efectos del cambio climático que es una realidad y no una leyenda urbana a la que quieren reducirla los intereses mercuriales empeñados en seguir devastando la tierra.  El Papa Francisco, que no tiene pelos en la lengua, no ha vacilado en afirmar que  detrás de los incendios se encuentra la corrupción.

Siendo el planeta un todo indivisible del cual formamos parte, la tragedia amazónica también nos afecta y compete.    Y dadas nuestras inexistentes mas que solo limitadas posibilidades de contribuir de  forma efectiva a los esfuerzos conjuntos que han estado desplegando los países directamente afectados que comparten el territorio de la Amazonía, estamos al menos impuestos a seguir de cerca su evolución y alimentar el firme deseo de que se pueda controlar la situación lo más pronto posible, hasta  invocar el amparo de La Altagracia, a la cual siempre remitimos nuestros problemas y angustias, con el mismo fervor con que lo haríamos si los fuegos que la devastan estuviesen ocurriendo en nuestro propio país.

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