Páginas dispersas, del Taller Literario de Luperón

Una muestra representativa de estos tiempos de cambios vertiginosos es la obra Páginas dispersas: Antología del Taller Literario de Luperón, que reúne parte de la producción de un grupo de escritores pertenecientes al municipio de Puerto Plata con el que se identifican geográfica y espiritualmente. El propio compilador Pablo Rodríguez aclara en la presentación que la publicación “no responde a ningún movimiento o escuela literaria, respetando así la esencia de nuestro taller que aboga por la libertad de creación, expresión, tendencias y estilos”, planteando como objetivo central la promoción de la lectura.
Los textos reunidos incluyen narrativa, poesía, ensayo y teatro. Se trata de 117 trabajos, 80 poemas, 22 narraciones, 12 ensayos o artículos y tres obras de teatro. Los autores son Juan Bautista Cueto, Ramón Echavarría, José P. Vargas, Gregorio Delgado Silverio, Ramón Amable Peralta, Biomar René Brito, Milenia de la Rosa, Lued Beltrán, César A. Martínez, Aquiles Jiménez, Aneuris Moisés Quandt, José E. Peralta, Aristalco E. Martínez y Pedro Pablo Rodríguez.
Como las páginas que sugiere el título, los escritores luperonianos “están dispersos dentro y fuera del país, pero conectados de forma permanente gracias a las tecnologías y las redes sociales, convertidas en nuestro punto de encuentro, de creación y recreación, de debate, aula de aprendizaje, donde además desaprendemos y reaprendemos, a pesar de las obligaciones particulares y la variación del tiempo”, comenta el presentador. Las citas de Borges, Benedetti, Rulfo, Paz y Galeano, junto a epígrafes de Einsten, reflejan la visión universal de los antologados, residentes en Holanda, Estados Unidos, Noruega, Medellín y República Dominicana.
Mientras en un ensayo Rodríguez censura la incapacidad de la sociedad dominicana para enfrentar con éxitos las crisis vividas desde los años 60, Vargas resume en versos el desprecio del liderazgo político por la cultura: “Vemos los muros carcomidos/ por la sal de los huesos,/ la decrépita fachada de madera/ destripada por los hongos,/ y enterrada la puerta de entrada,/ y casi borrado por el tiempo/ el letrero más triste del mundo: Biblioteca Municipal”.

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