Fidel, Bosch y Cayo Confites

El primer encuentro de Fidel Castro Ruz con el profesor Juan Bosch y Gaviño se registra en Cayo Confites, al noroeste de Camaguey, cuando el entonces fogoso líder estudiantil era un mozalbete, con 21 años de edad, y el escritor dominicano, tendría unos 36 ó 37 años.
Eran los días en que el dirigente juvenil cubano, curiosamente se enrolaba en la expedición que asumió el nombre del lugar referido, aun a sabiendas de que su frente eran sus enemigos.
En su interesante y extensa conversación con Katiuska Blanco Castiñeira, plasmada en el libro Fidel Castro Ruz Guerrillero del Tiempo, Tomo I, recuerda el más tarde presidente de la Isla Fascinante, al evocar sus relaciones con las personas vinculadas a la acción guerrillera: “Yo tenía amistad con los patriotas dominicanos, luchadores durante muchos años, los admiraba”, para de inmediato agregar, a manera de aclaración que “…los cubanos que tenían todo en sus manos, quienes estaban al frente de la expedición, eran mis enemigos; estaban con el gobierno, y nosotros no”.
Luego de narrar su separación de su querida madre, las diversas peripecias y salvar los diferentes obstáculos para llegar a Cayo Confites, ubicado a unos 12 kilómetros del archipiélago Sabana-Camaguey, además de saber correlacionarse con sus adversarios internos, sostiene Castro Ruz que “Fue una de las acciones peor organizadas que conocí en mi vida: el reclutamiento fue público. Toda La Habana sabía que se preparaba un ejército para invadir Santo Domingo y derrocar a Trujillo”.
Resalta, además, que, “No se reclutó el personal a partir de ideas… sobre la base de una ideología: aceptaron a mucha gente sin empleo, que estaba pasando hambre, les hablaron de la expedición y vaya usted a saber lo que les ofrecieron!”
Destaca también que, allí “…primó un espíritu aventurero” y que no buscaron campesino de las montañas, gente que conociera el terreno, no, no, ¡la gente menos apta para una guerra revolucionaria fue la que escogieron!. Sin preparación política, con la única virtud de ser gente del pueblo”.
No obstante lo anteriormente expuesto, el hoy icono de la Revolución Cubana de 1959, advierte que “No se puede decir que eran gente mala, pero no tenían una idea clara en relación con la causa que defendían, se habían sumado por embullo, para ver si encontraban solución a sus problemas. No sé qué les prometieron, tal vez les dijeron que cuando llegaran a Santo Domingo les iban a pagar”.
Al hacer referencia a las condiciones materiales en que subsistía la tropa destaca que aquello era miserable e increíble, no obstante todo el dinero y los demás recursos que se disponía.
“Pienso que se hubiera podido organizar muy bien: llevar agua, alimentos adecuados. Los jefes permanecían en unas cabañitas… ¡No se sabe lo que ellos hicieron con todo aquel dinero!, expresa Fidel a Katiuska Blanco Castiñeira, en el diálogo que sirve de contenido a su voluminosa y cautivadora obra.
Subraya quien más tarde encabezaría una extraordinaria epopeya, en Sierra Maestra, que luego de algunos encontronazos entre varias de las figuras estelares del movimiento guerrillero en gestación y la espera de que llegara más personal procedente de Cuba, Miami y otros lugares, “…llegó un grupo de dominicanos y, entre ellos, Juan Bosch”, con quien muy pronto estableció una estrecha relación de amistad.
Acentúa Fidel de manera precisa que “Muy pronto hicimos amistad con él: de todos los dominicanos que conocí fue el que más me impresionó”.
Asimismo, precisa que “Lo recuerdo como un hombre mayor” y que “Su conversación realmente conmovía” pues la manera en cómo Bosch se expresaba, “parecía un hombre muy sensible”.
“Vivía muy modesto allí, igual que todos los demás, y creo que sufría lo mismo que la gente”, agrega Castro Ruz sobre el hoy inolvidable y laureado escritor vegano, al tiempo que resalta que “…no lo conocía, no sabía que era el escritor, el historiador, el intelectual”.
De igual modo, el entonces estudiante universitario, nacido en una modesta vivienda de madera sobre pilotillos, en la comunidad de Birán, provincia Holguín, recuerda que vio en Bosch y Gaviño a “…un dominicano honorable, de conversación agradable, que decía cosas profundas y sensibles”.
Apunta también que al nombrado dominicano “Se le veía como una persona que sentía los sufrimientos de los demás” y que “…estaba sufriendo por el trabajo duro de la gente”, fuera de que también “…vivía la emoción, porque era el intelectual, al fin y al cabo, que se incorpora a la acción, llegada la hora de la lucha –un poco como hicieron Martí y otros muchos intelectuales de nuestra propia guerra-“.
Pareciendo no estar satisfecho con las ponderaciones vertidas sobre la figura y el comportamiento del Bosch expedicionario, el inquieto y expresivo Fidel destaca para la historia: “…era allí el hombre de mayor calibre, el más destacado”.
Ya al final de sus declaraciones ante Katiuska Blanco Castiñeira, sobre sus primeras vivencias junto al autor de la exquisita novela La Mañosa, Castro Ruz manifiesta que muchas veces iban para un extremo de la denominada Isla Grande del Caribe y que disfrutaban de amenas conversaciones pues sus palabras lo marcaron mucho y se hicieron amigos.
“La amistad tiene un mérito por su parte, -puntualiza Fidel- él ya era un una personalidad y yo era un estudiante joven que no significaba nada entre tantos jefes, coroneles…”
Dicho lo anterior, a manera de cierre y agradecimiento al inminente maestro de las letras, la política y el cuento latinoamericano, reflejando una satisfacción ilimitada, el mozo revolucionario cubano, hoy icono glorioso de la Revolución del 59 consideró ineludible expresar, como una especie de memoria contra el olvido, citamos: “Yo era un teniente y mandaba un pelotón. Sin embargo, Bosch me trató con mucha deferencia y consideración”.
A partir de entonces, la amistad y la solidaridad se tornó eterna..!!

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