Maniobras en torno al empleo y los puestos gubernamentales

Casi siempre, cuando se habla del sector laboral, los temas se enfocan en la clase obrera que trabaja en la formalidad y la que está en la informalidad. Se destacan entre los formales los niveles salariales, las desigualdades de sueldos en cargos similares, la supuesta discriminación por género, la cantidad de empleados del Gobierno y otros aspectos.
En el sector laboral hay para los trabajadores beneficios que, en ocasiones, se convierten en retrancas. Es el caso del derecho de cesantía, que consiste en la acumulación de un aporte económico para el trabajador, que va creciendo con el tiempo.
El asunto es que ese beneficio sólo se paga si el trabajador es desahuciado sin justificación. En caso de que el trabajador decida renunciar, pierde ese derecho. Eso provoca que, en ocasiones, un trabajador, en procura de no perder su “liquidación”, rechaza otras mejores oportunidades de empleo o de desarrollo laboral. En otros casos, el trabajador, cuando se quiere ir y llevarse su cesantía, procura incurrir en faltas y deficiencia para provocar al patrono a sacarlo y pagarle lo que le toca para evitar una demanda laboral, a veces, injustificada.
Pero en los altos puestos ejecutivos, tanto privados como del sector público, también se producen maniobras de determinados profesionales para evitar ser despedidos o puestos en retiro, especialmente cuando se trata de personas de avanzada edad, que se resisten a aceptar que ha llegado el tiempo de dar paso a otros.
Al leer esta última línea se pudiera interpretar de manera política que la referencia es hacia los dos principales líderes del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), que en apariencia luchan, uno por seguir en el poder y otro por volver a ostentarlo. Pero en realidad no me refiero a eso. Prefiero enfocarme en niveles de menos rango, aunque sí importantes.
Desde que vivimos la época democrática se registran anécdotas de funcionarios que, cuando se enteran de la posible intención del jefe del Estado de destituirlos, procuran provocar situaciones que, aunque puedan ser motivo para su destitución, hacen que la decisión se detenga para evitar mayores escándalos públicos.
En algunos casos, la estrategia es adelantarse a regar en los medios de comunicación el “rumor” de que en su posición sería colocada tal o cual persona, haciéndolo ver como un hecho cierto, de forma que la revelación del “secreto” provoque en el Presidente la decisión de no hacer el cambio para no darle la razón a la información de fuente.
Sin embargo, lo ocurrido en ese caso es que fue desde el despacho del propio funcionario con “la soga al cuello” de donde salió el rumor para retardar su destitución.
Otro movimiento estratégico que usan determinados funcionarios apegados al cargo, pero despegados del compromiso político, es emitir informaciones que pueden verse como contrarias a la voluntad del gobernante. De esa forma, ponen al Presidente en la disyuntiva de que no pueden destituir al funcionario en cuestión, porque se puede ver como una represalia.
Si el Presidente decide sustituir al funcionario en cuestión, se verá como un acto de intolerancia por lo que habría dicho o hecho y entonces sale del cargo como un mártir; mientras que si lo dejan en la posición habrá logrado su objetivo de permanencia. De las dos formas sale ganando.
Pero tampoco hay que descartar la posición responsable que asumen determinados funcionarios, comprometidos con el Gobierno al que le sirven, que mantienen firmes sus posiciones en torno a determinadas situaciones político-electorales, independientemente de que sea o no la voluntad de su jefe inmediato, es decir, del Presidente.
Por eso los gobernantes, generalmente, se aseguran de tener en su entorno, en su gabinete, a admiradores fieles, a aduladores, a buenos trabajadores, pero también a gente que no necesariamente simpatizan con todos sus propósitos, quienes les sirven para ver o escuchar lo que no desean, aunque necesitan saber.
En cualquiera de los casos, lo ideal es que esas verdades, a veces acertadas, otras veces desagradables y en ocasiones equivocadas, deben ser dichas al jefe inmediato en privado, no de manera pública. Ni siquiera delante de otros colaboradores. Puede ser esa la mejor manera.

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