Alejandro González Pons

Juan Guiliani Cury

Esta columna la dedico a mi amigo de infancia Alejandro González Pons, quien falleciera recientemente en Madrid, España. A quien esto escribe fue realmente una sorpresa la triste noticia cuando se me comunicó su deceso a temprana horas de la mañana.

 Alejandro ostentaba las funciones de embajador del país en México. Sus ejercicios diplomáticos empezaron en Santiago de Chile, cuando se le designó embajador en esa sede sudamericana. Luego pasó a España con las mismas funciones y más adelante fue nombrado embajador ante el Reino de Bélgica y la Unión Europea, de donde fue transferido con igual rango a la ciudad de México. En su ejercicio de la diplomacia fue un hombre recto y responsable en sus deberes.

Nadie oyó de quejas o inconformidades en tierras extranjeras donde le tocó la delicada honra de representar los interés nacionales con dignidad y patriotismo.

Tampoco se le fueron los humos a la cabeza, ni mucho menos de ejercer funciones que no tuvieran apegadas a las más estrictas normas morales y éticas, que era su modo de conducta y accionar ciudadano.  

Alejandro militó en la política siendo tempranamente un cuadro del Partido de la Liberación Dominicana, postulándose como candidato a senador por la provincia de Barahona, en distintos certámenes electorales.

Llevaba obviamente la política en la sangre dada la larga trayectoria política de su padre, don Raúl González.

Hacía menos de un mes le preguntaba a su cuñado, el doctor Max Puig, reconocido intelectual dominicano, por Alejandro y su esposa, la exviceministra de Cultura, Sulamita Puig de González. Sería inútil ponerme a contar mi larga y siempre imperecedera amistad con  Alejandro y todas las andanzas de la adolescencia entre ambos. Sus retos que descansen en paz.

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