Tributo a Salomé Ureña de Henríquez en el día de su nacimiento

Por Miguel Collado
Fue para engrandecer las letras dominicanas y para darle esplendor al sistema de
educación de su patria que Salomé Ureña Díaz nació en la ciudad de Santo Domingo «el
viernes 21 de octubre de 1850, a las 6 de la mañana, en el barrio de Santa Bárbara, antiguo
solar de buenas familias, en la casa de su abuela materna, hoy número 84 de la calle Isabel la
Católica, junto a la casa de Juan Pablo Duarte». (1) Era hija de Nicolás Ureña de Mendoza
(1822-1875) y Gregoria Díaz de León (1819-1914), quienes se unieron en matrimonio el 25
de diciembre de 1847, instalando su hogar en la calle Mercedes No. 37 de la citada ciudad.
Por ambas familias, su origen era humilde. Como tributo a su memoria en República
Dominicana se celebra, cada 21 de octubre, el Día Nacional del Poeta.
Su padre ―figura de mucho prestigio en la sociedad dominicana de la época, poseedor
de múltiples talentos: poeta, educador, abogado, político y periodista― ejerció fuerte
influencia en su formación cultural y en su pasión por la literatura. A temprana edad Salomé
había leído los clásicos españoles y publicaba poemas antes de cumplir los 20 años de edad,
utilizando el seudónimo de «Herminia» de 1867 a 1874.
El 11 de febrero de 1880 contrajo matrimonio con el educador Francisco Henríquez y
Carvajal. La boda se celebró en la ciudad de Santo Domingo en la casa donde residía Salomé,
situada en la calle San José No. 13 (hoy 19 de Marzo No. 254) esquina calle De la Cruz (hoy
Salomé Ureña). Los padrinos fueron Noel Henríquez, su suegro, y Gregoria Díaz Vda. Ureña,
su madre; y testigos fueron cuatro hermanos de Francisco: Manuel, Federico, José y Salvador
Henríquez y Carvajal. Presentes estaban Alejandro Wons y Gil y el educador y poeta Emilio
Prud’homme.
La primera casa en la que residió la pareja formada por Francisco y Salomé,
inmediatamente después de la boda, fue en la ubicada en calle Del Estudio No. 25 (hoy
Hostos). Aquí vivieron algo más de un año, pasando a residir luego en la casa materna de
Salomé, es decir, en la San José No. 13. Procrearon cuatro hijos: Francisco Noel, (2) Pedro,
Max y Camila Henríquez Ureña. Todos, y cada uno en su campo profesional, habrían de ser
destacadas y honorables figuras de la vida pública latinoamericana. El primero en el ámbito
jurídico, en Cuba, y los demás, tanto en las letras como en el magisterio. ¡Honorables y
ejemplares ciudadanos de las Antillas fueron los cuatro! Pedro, el más brillante, de toda la
América hispánica.
Si Leonor de Ovando es, según Marcelino Menéndez y Pelayo, «la primera poetisa de
que hay noticia en la historia literaria de América», Salomé Ureña es la primera autora
dominicana que publica un libro de poesía: Poesías de Salomé Ureña de Henríquez (Prólogo:
Mons. Fernando Arturo de Meriño. Santo Domingo, Rep. Dom.: Sociedad Literaria Amigos
del País, 1880, XV-214 p.) .
Ese hecho convierte a la madre del más prominente humanista dominicano de todos
los tiempos, Pedro Henríquez Ureña, en una pionera desde el punto de vista histórico-
bibliográfico, y específicamente en el ámbito de la creación literaria.
El libro de la fundadora del Instituto de Señoritas, gran colaboradora del apóstol
antillano Eugenio María de Hostos, hace su aparición seis años después de haber sido
publicada la primera antología literaria dominicana: Lira de Quisqueya: poesías dominicanas
(Santo Domingo, Rep. Dom.: Imprenta de García Hermanos, 1894. 328 p.), editada por el
puertoplateño José Castellanos, quien incluye en dicha obra siete poemas de la reputada
poetisa y ejemplar educadora: «La gloria del progreso», «Recuerdos a un proscripto»,
«Melancolía», «Contestación», «A mi patria, Gratitud» y «Un himno y una lágrima».
Disfrutemos de la lectura del primero de esos textos, escrito en 1873:

LA GLORIA DEL PROGRESO
A la sociedad «La juventud»,
No basta a un pueblo libre
la corona ceñirse de valiente;
no importa, no, que cuente
orgulloso mil páginas de gloria,
ni que la lira del poeta vibre
sus hechos pregonando y su victoria,
cuando sus lauros se adormece
y al progreso no mira,
e, insensible a los bienes que le ofrece,
de sabio el nombre a merecer no aspira.
¡Oh, dichosas mil veces las naciones
cuyos nobles campeones,
deponiendo la espada vengadora
de la civil contienda asoladora,
anhelan de la paz en dulce calma
conquistar del saber la insigne palma!
Esa del genio inmarcesible gloria
es el laurel más santo,
es la sola victoria
que sin dolor registrará la historia
porque escrita no está con sangre y llanto.
¡oh juventud, que de la Patria mía
eres honor y orgullo y esperanza !
Ella entusiasta su esplendor te fía,
en pos de la gloria al porvenir te lanza.
Haz que de ese profundo
y letárgico sueño se levante,
y, entre el aplauso inteligente, al mundo
el gran hosanna del Progreso cante.
En la introducción a la segunda edición su obra poética citada (Madrid: Tipografía
Europa, 1920. XV-142 p.), su hijo Pedro dice:
«Nunca salió de su país. Durante su infancia no asistió a otras escuelas que las de
primarias letras, únicas abiertas entonces a las mujeres; pero su padre, poeta discreto y
abogado de buena reputación, que ocupó puestos de senador y de magistrado, le dio la mejor
educación literaria que allí podía alcanzarse en aquellos años: fundamento de ella fue la
lectura de los clásicos castellanos».
Y aquel hijo agradecido que Salomé le confió al porvenir nos sigue hablando de su
inmortal madre:
«Nunca escribió mucho. Comenzó a componer versos a los quince años; a los diez y
siete comenzó a publicarlos bajo el seudónimo de Herminia; desde 1874 los publica siempre
con su firma. […] Paz y progreso fueron sus temas desde 1873 hasta 1880; y la constancia de
su prédica le conquistó la admiración y afecto de aquel pueblo…La preocupación patriótica
llegó a sobreponerse a tora otra idea en el espíritu de la joven poetisa: la literatura fue para

ella consideración secundaria junto al deseo de hacer llegar su prédica a la conciencia de toda
la nación. Servir fue para ella, como para el poeta griego, la aspiración única».
Salomé es la voz lírica femenina más elevada de la literatura dominicana del siglo XIX
y una de las figuras de mayor espíritu patriótico en toda la historia de la cultura nacional. Y
es, a nuestro humilde entender, la dominicana poseedora de más méritos civilistas para ser
considerada Madre de la Patria Dominicana.
Su trágica muerte —a causa de la tuberculosis, enfermedad incurable para la medicina
de entonces— aconteció el 6 de marzo de 1897 en la zona colonial de la ciudad de Santo
Domingo, específicamente en la calle que hoy lleva su nombre. Fue ese un acontecimiento
que estremeció en lo más hondo a su iluminado maestro Eugenio María de Hostos, quien,
taladrado con la infausta noticia de su muerte —encontrándose lejos de su segunda patria, en
Santiago de Chile— en junio del citado año dictó a sus discípulos del Liceo Luis Miguel
Amunátegui aquellas heridas palabras con las que —conducido su desolado espíritu por la
gratitud y la admiración sentidas por esa extraordinaria mujer, educadora y luchadora
indesmayable que fue Salomé— la valora así en su dimensión poética:
«Esta poetisa dominicana, que habría sido la admiración y el orgullo de cualquiera
sociedad antigua, (porque las sociedades antiguas aprecian más y saben apreciar mejor que las
nuevas a los cultivadores de la poesía y de las artes).
[…]
Parece que desde temprano empezó a cultivar su talento poético, pues ya de años atrás
lo revela en su composición a la Patria, uno de los poemas cortos más vibrantes de la lira
contemporánea en nuestra América. […] Pero, dicha sea la verdad, la poesía de esta poetisa
no es de las que gusta al vulgo. Lenguaje severo, tono elevado, sentimientos profundos; y
ninguna de estas cualidades son accesibles al vulgo en parte alguna.
Las poesías de Salomé Ureña de Henríquez son todas del género lírico y de carácter
eminentemente subjetivo; pero como el sujeto es una entidad de primer orden en cuanto dice
relación a sentimientos nobles y a ideas generosas, la tarea de la poetisa dominicana abarca
todos los tonos: el familiar, cuando hablan en ella los sentimientos de familia; el elevado,
cuando hablan los nobles impulsos y deseos de la educadora; y el tono de la indignación y del
entusiasmo, cuando hablan ideas, sentimientos y aspiraciones patrióticas.
Indudablemente, lo más grande que hay en la poetisa dominicana es la fibra patriótica.
Cuando se conozcan en América los cantos patrióticos de Salomé Ureña de Henríquez, no
habrá nadie que les niegue la superioridad que tienen entre cualesquiera otros de la misma
especie en nuestra América.
Algunas composiciones consagradas por ella a la educación de la mujer, compiten con
sus poesías patrióticas en alteza de miras y en nobleza de expresión. Aunque no muchas, estas
composiciones son muy notables y dignas de coleccionarse.
Los tributos poéticos de Salomé Ureña de Henríquez a los afectos, a los seres
queridos, al hogar, a su digno esposo y a sus hijos, forman una serie de composiciones
extraordinariamente subjetivas, pues todas juntas sugieren la certidumbre de que la poetisa era
además una mujer; no hay ninguna de ellas que no sugiera algún sentimiento delicado, alguna
recóndita sonrisa de complacencia, algún noble estímulo para la vida, alguna de esas tristezas
reconfortantes que sirven de séquito, y a veces de ovación, al mérito moral e intelectual
desconocido». (3)
Los restos de Salomé Ureña de Henríquez descansan, desde el 21 de octubre de 1988,
en el Panteón de la Patria, en la misma cripta donde reposan los restos de su amado hijo Pedro
Henríquez Ureña.


(1) En: Silveria R. de Rodríquez Demorizi. Salomé Ureña de Henríquez (Buenos Aires, Argentina:
Microforma, 1944), p. 6.
(2) Sobre el hijo mayor de Salomé publicamos un estudio biográfico: Francisco Noel, el primogénito de
Salomé Ureña de Henríquez (Santo Domingo: Centro Dominicano de Investigaciones Bibliográficas,

  1. 100 p.). Casi toda su vida transcurriría en la isla de Cuba, donde fue un connotado hombre de
    leyes, experto en materia de seguros. Su nacimiento fue motivo para Salomé escribir su poema «En el
    nacimiento de mi primogénito».
    (3) Eugenio María de Hostos. «Salomé Ureña de Henríquez», en su obra póstuma: Meditando. París,
    Francia: Sociedad de Ediciones Literarias y Artística, Librería Paul Ollendorff, 1909. Pp. 223-230. Ese
    texto en torno a la que fuera su gran amiga y ferviente seguidora fue originalmente publicado en el
    número 128 de la revista Letras y Ciencias (Santo Domingo) el 2 de septiembre de 1897.
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