Recordando a doña Yvelisse con un hasta siempre

Por JANET CAMILO 

De niña enfermiza, gracias a la fé venció adversidades para seguir viviendo, se creció como mujer política y, siempre alegre, pasaba la página y levantaba su voz para seguir sembrando la semilla del conocimiento.

El pasado domingo descansaba en el sillón reclinable de mi habitación y ocupaba mi tiempo viendo series coreanas, una ventana de evasión que descubrí durante la cuarentena por la covid-19 y al hacer una pausa para revisar las redes sociales en mi celular, una noticia me dejó sin aliento: falleció Yvelisse Prats de Pérez.

Sentí que me sacaron el suelo de abajo de los pies. Tras la negación inicial, vinieron la tristeza, el dolor y el sentimiento de pérdida que me ha acompañado toda la semana.

Y he meditado sobre el mundo actual, en el que cada vez es más complicado encontrar personas con valores, dispuestas a luchar por ideales y pienso que cuando recibimos la noticia de que una persona como doña Yvelisse fallece, nos sentimos desvastados, descorazonados y frustrados.

Reflexioné sobre lo breve del paso por la vida, un tema que ella y yo conversamos varias veces, y evoqué su comentario de que un día abandonaría este plano para irse al cielo a compartir con sus seres queridos que, con Dios, ya habitaban la eternidad. Confío en que ahora descansa de los afanes de este mundo.

Conocí a doña Yvelisse en la secretaría de educación y doctrina del PRD. Ella una veterana y voluntariosa maestra y política que había sido presidenta del partido, ministra de educación, diputada y yo una ansiosa joven llena de preguntas. Ella una maestra de la vida siempre dispuesta a escuchar y a enseñar, que siempre nos motivaba a conocer la historia de las ideas políticas y a leer a los pensadores de ayer y a los modernos.

Eran los años 90s y recuerdo que en su oficina nunca estaba sola ni cerrada. Con papel y lápiz a la mano, leyendo y escribiendo, siempre estaba rodeada de un grupo de personas que le  ayudaba a realizar los trabajos, dispuesta responder preguntas y al servicio de los y las perredeístas.

Doña Yvelisse fue una socialdemócrata por convicción, inducida por su gran amigo y nuestro líder José Francisco Peña Gómez, quien le enseñó a amar el concepto y su significado, gracias a lo cual, ella lo integró al proceso de enseñanza y en sus escritos nos contaba la historia y nos daba a conocer sus principales representantes, porque entendía que como partido afiliado a la Internacional Socialista teníamos el compromiso de enarbolar esa bandera.

Ella formó parte de cada comisión organizadora de las convenciones del partido, en su rol de secretaria de educación y doctrina. Era la que preparaba los reglamentos, los instructivos, formaba a los delegados ante las mesas electorales, era el alma que promovía nuestra ideología dando contenido al ejercicio político electoral.

Yo disfruté y aprendí mucho de los diálogos entre ella y don Hugo Tolentino Dipp en la convención del 2011, la última antes de la división del PRD. El modo en que ella ponía frescura a una conversación acalorada y hacía que se volviera al diálogo fraterno, tenía algo de magia. Fue una perredeísta dedicada a su partido.

Tuve la dicha de que ella me permitiera acercarme, fue mi amiga y maestra, disfruté de sus consejos, de sus anécdotas y de su buen humor, pero sobre todo disfruté de sus afectos. Recordar a doña Yvelisse es hacer un cántico a la vida lleno de alegría, entrega y amor.

Recuerdo que una mañana, hace unos años, me llamó a primera hora. Luego de saludarla, ella inició un rosario de reproches que me pusieron nerviosa y muy dentro de mí me preguntaba qué había hecho yo, pues no me daba cuenta. Ella insistía “Janet no esperaba eso de tí, cómo puedes hacerme algo así si yo te quiero tanto”.

Le dije, “pero doña Yvelisse, qué es lo que pasa? Y me contestó muy seria “Que ahora Mario Emilio parece que está enamorado, solo habla de ti, que eres muy inteligente, que hablas muy bien y hasta que eres muy bonita, yo estoy celosa, ¡ese es mi marido!» y luego se echó a reír. Esa era ella.

Una mujer valiente que se divorció cuando el divorcio era un pecado, una madre soltera que se enfrentó a la realidad de sostener y criar a 5 hijos. Una profesora universitaria que decidió reconstruir su vida al lado de un extraordinario ser humano con quien procreó su sexto hijo y que le brindó 49 años de amor y compañía, hasta despedirla con el amor de siempre.

Doña Yvelisse fue una feminista que ejerció el poder en busca de transformaciones sociales, apostó a la formación de nuevas generaciones para el relevo. Geanilda Vásquez me recordó en la funeraria que un día, en el Instituto José Francisco Peña Gomez, al que doña Yvelisse dedicó sus últimos años de vida,  nos dijo: “puedo morir tranquila pues ya el relevo está formado y asumiendo los espacios de poder”.

Una política a tiempo completo que al mismo tiempo fue una esposa amorosa, preocupada porque hubiera lechosa para el jugo de su esposo, escuchar la música clásica que le gusta a don Mario, y como madre  daba seguimiento a todos sus hijos, ya adultos, y fue una abuela tan dedicada, vi como cuidaba con profundo amor y dulzura a su nieto más pequeño, con el que tenía profundas conversaciones, lo acompañó a crecer.

Fui a la funeraria a darle el pésame a sus familiares y allí me encontré con mucha gente querida con la que comparto agradecimientos y vivencias, que construimos junto a ella la gran familia perredeísta. Fue un rato de llantos, saludos y recuerdos.

Con su hijo Frank recordé nuestras ricas conversaciones y referimos que aunque el partido se dividió, nos unían afectos reales, sinceros y mi gran admiración por ella.

Disfrutaba escuchar sus puntos de vista en sus análisis, siempre bien ponderados, ella siempre estaba al día con la lectura, fue una mujer de avanzada que debatía con los más jóvenes con 140 caracteres en su cuenta de la red social Twitter, evidenciando a una joven de espíritu siempre alegre y aunque nació en el siglo XX, vivió acorde al siglo XXI.

Me acostumbré a que cada año, al iniciar diciembre, le llevaba un pinito o una mata de pascuas, pues compartíamos el gusto por la navidad y disfrutaba el modo en que decoraba su casa. Ella coleccionaba muñecas y  me contaba el origen de cada una, entre sus viajes y los obsequios de algunas personas que, como yo, sabíamos de su hobby.

Doña Yvelisse fue una mujer honesta, sin grandes riquezas patrimoniales –incluso vivía en una casa alquilada- y recuerdo que un día hablábamos de cuán difícil era vivir dignamente, pero siempre lo comentaba con la satisfacción de que lo poco que tenía lo había construido dignamente.

Nunca me imaginé escribiendo sobre ella post mortem, y de hecho, siendo yo Ministra de la Mujer, al cumplirse el 75 aniversario del voto femenino en nuestro país, organicé un reconocimiento a las mujeres que en este tiempo habían logrado ser las primeras en posiciones de poder político. A ella la reconocimos como la primera mujer en presidir un partido en el país y en América Latina. Recuerdo que por teléfono me lo agradeció, pero no pudo asistir.

Doña Yvelisse me ayudó no sólo en mi formación política, sino que en mi vida personal siempre me dio sabios consejos y apoyo. Recuerdo que un día le conté que mi hijo pequeño tenía dificultades de aprendizaje y me dijo que debía llevarlo a la escuela de su hija; en esos días le iban a operar de los ojos, y me contó Consuelito que entrando al quirófano le recordó recibirme para ayudarme con mi hijo.

Así era ella, una mujer que practicó la sonoridad, que aprendió dentro de un mundo de hombres que las mujeres necesitamos apoyarnos. Una mujer que lloró, que vivió desamores, pérdidas, angustias, necesidades, y siempre se mantuvo de pie, luchando por lo que creía, por conquistar sus sueños y lograr sus metas.

Doña Yvelisse no fue perfecta, pues ningún ser humano logra la perfección, mas trató de ser cada día una mejor persona, me consta. Me decía que nunca terminábamos de aprender, que todo siempre nos dejaba una lección, así fuera un libro leído o la propia vida en su agitado curso.

Me contó que desde niña fue enfermiza, que tuvo que vencer muchas adversidades para seguir viviendo, que era una mujer de fe que daba gracias a Dios por todo lo vivido. Me comentaba que sus dos herramientas más preciadas eran la voz y la vista y que las dos hacia muchos años que menguaban. Y aun así, siempre alegre pasaba la página, iniciaba un nuevo libro y se paraba en un salón a levantar su voz para seguir sembrando la semilla del conocimiento.

Entre libros vivió desde siempre pues nació en un hogar de intelectuales, donde desarrolló su pasión por la educación, lo que la llevó a ser referente nacional e internacional. Para mí uno de sus mayores aportes fue dedicar las dos últimas décadas a formar a jóvenes y mujeres para el ejercicio de liderazgo político.

Ella es (en presente) de las personas que llegan a nuestras vidas para quedarse, ya no podré volver a sentarme con ella a conversar  sobre el tiempo, de la falta de ideología del PRD o del PRM, del futuro de las mujeres políticas, a pedirle consejos de qué leer o a compartir risas y poemas de amor.

Su cuerpo ya no tiene vida pero ella vivirá por siempre en las ideas e ideales que compartió con todas las personas que tuvimos el privilegio de conocerla. Ideas e ideales  con los que ella vivirá en mí, como legado que palpita día a día, recordándome el compromiso de emular su ejemplo y no fallarle en mi ejercicio de ciudadana y política.

“No perdono a la muerte enamorada”, escribió Miguel Hernández en su Elegíay hoy, desde mi viejo sillón vuelvo a pensar en ella, en doña Yvelisse Prats de Perez, entre la nostalgia y la esperanza. Tengo que aceptar que la vida es así y me consuela saber que algún día volveremos a vernos, que esto solo es un hasta siempre: “que tenemos que hablar de muchas cosas, compañera del alma, compañera”.

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