Memorias azuanas de Fernando A. Sánchez

Con el satírico título de “Yo no puedo escribir un libro”, el médico Fernando A. Sánchez, nacido en 1954 en Carrizal, sección del municipio de Peralta, provincia de Azua, le plantea un ardid al lector que termina atrapándolo con demostraciones de un apreciable conocimiento de la literatura universal que le conduciría a desmentir la expresión que destaca la portada. En el escrito emblemático de la obra se explica que no anida interés de emular a Cervantes, García Márquez, Juan Valera, Rubén Darío, Mario Vargas Llosa, Víctor Hugo, Dante Alighieri, Virgilio, Homero, Horacio, Dumas, Goethe, Bocaccio, Erasmo, Galileo, Fray Luis de León, Maquiavelo, Maurice Joly, Montesquieu y Federico Andahazi.
Sánchez hace una exégesis sobre las obras cumbres de los autores mencionados para concluir, en continuación de su sátira: “Es difícil hacer un libro que no aburra al lector. Es por eso que yo no puedo escribir un libro”. Los meros datos biográficos hablan de un hombre forjado en las luchas laborales y estudiantiles con las limitaciones propias de quienes provienen de los estratos más empobrecidos de la dominicanidad. Tanto en los relatos como en los poemas palpitan preocupaciones sociales, con denuncias sobre una sociedad injusta y excluyente, que ve morir a sus hijos con una indiferencia que lastima a las almas sensibles.
El prologuista Apolinar Antonio de León Medrano alienta al autor para que continúe “enriqueciendo nuestro acervo cultural, con otras obras, que como esta, te dimensionarán, como lo que ya visualizo en ti, un gran escritor del Sur”. La sola lectura de textos como “Mujercita”, “La tragedia de Carrizal”, “El olor de la raíz”, “Juan Lembá”, “El mayor bien”, “Hay un punto de inflexión en cada vida”, “Una noche de insomnio” y “Jack Renoir” comprueba la presencia de un escritor humanista que no está conforme con el mundo “light” de la posmodernidad.
En la publicación de la editora Estudio Mente Creativa, como el Gabo colombiano, Sánchez revela su satisfacción por poder describir las peripecias de su Macondo, con suficiente vida “para contarlas”.

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