Anotaciones Sobre el Primer Educador Azuano y su Hija Salomé

Hace alrededor de medio siglo que el reputado y prestigioso cronista vegano J Agustín Concepción publicara un interesante reporte histórico donde de manera sucinta pero muy sustanciosa dejara establecido los orígenes paternos de Salomé Ureña, considerada como la primera poetisa de trascendencia en República Dominicana durante el Siglo XIX.
Conforme al acucioso investigador, la insigne educadora y escritora, es hija de Nicolás Ureña de Mendoza, considerado como “notable poeta” y “el más antiguo de los educadores azuanos”.
Destaca que Ureña de Mendoza, también periodista, educador, legislador y magistrado, nació en la ciudad de Santo Domingo, el 25 de marzo de 1822, procreó, junto a su esposa Gregoria Díaz de León, a Salomé Ureña, la cual define como la “más preclara poetisa dominicana de todos los tiempos”.
Salomé Ureña a su vez le dio cuatro nietos a Nicolás: Francisco, Pedro, Max y Camila Henríquez Ureña.
La designación de Ureña de Mendoza como director de la escuela primaria de Azua se produjo en el año 1847, durante la primera gestión gubernamental del presidente Pedro Santana, posición que compartía, simultáneamente, con la de redactor de artículos para algunos medios periodísticos.
Para entonces, el referido poblado sureño registró el privilegio de ser una de las primeras ciudades del país con un plantel de educación primaria sostenido por el Estado dominicano.
Como aval de lo expresado anteriormente se hace mención a la memoria presentada por Pedro Santana, en 1847, donde destacaba, como parte de su logros gubernamentales, la puesta en funcionamiento de las siguientes escuelas en el país: una de enseñanza superior en Santo Domingo, dirigida por Francisco A. Obregón, y sendos planteles primarios en Santo Domingo, Santiago, Azua y Samaná, dirigidos por Miguel Quezada, Ramón Veloz, Nicolás Ureña y L. A. Joubert, respectivamente.
En aquella ocasión, se lamentaba el gobernante, nacido en Hincha, al describir “el triste estado de la enseñanza nacional”, destacando que “solamente existían cinco de los 27 o 30 centros educativos que debían funcionar en el país”.
Puntualizaba el mandatario no sólo su preocupación por la cantidad de escuelas existentes sino también por el hecho de no haber modo de encontrar quiénes dirigirlos pues entre “los preceptores apenas ha habido uno que haya permanecido un año a la cabeza de la escuela, porque a medida que sienten el peso del trabajo y que sus salarios no les son suficientes para mantenerse, abandonan los establecimientos”.


Para aquella época había tanta escasez de maestros y personas para dirigir los pocos planteles en funcionamiento, como falta de dinero para retribuir los servicios de los pocos que se sentían en disposición de laborar.
Todo aquello acontecía no obstante Pedro Santana insistir en la necesidad de desarrollar la educación pública a “fin de que todos los ciudadanos se pongan en aptitud de conocer sus derechos y sus deberes para que, usando de uno y cumpliendo con otros, propendan todos a la felicidad de la Patria”.
Durante muchos años, Ureña de Mendoza ejerció la profesión de abogado, mediante autorización obtenida en 1852 y confirmada en febrero de 1860.


En lo concerniente a la permanencia de Nicolás Ureña, como director de la escuela primaria de Azua, no existe constancia del tiempo, aunque es innegable que todavía en 1865 estaba vinculado al medio azuano.
Tal realidad se evidencia en el hecho de que para la señalada fecha, en la planteada reforma constitucional, el abnegado educador votó en representación de la mencionada demarcación territorial sureña.
Algo similar también había ocurrido en la anterior enmienda, en 1854, actuando como secretario del Congreso Nacional y en representación de la comunidad de La Vega.
Igual ocurrió en 1868, en donde Nicolás Ureña aparece como miembro del Consejo Revisor, aunque no se indica el nombre de identidad territorial que representaba.
En la revisión destinada a restablecer la de 1854, se le concedió a Buenaventura Báez el título de Gran Ciudadano, “en nombre de la patria agradecida”, intervino el connotado educador, poeta y periodista, quien acompañó al gobernante en sus gestiones intervencionistas de 1870.
Durante el llamado «Régimen de los Seis Años», el presidente Báez lo comisionó para que llevara a cabo las gestiones diplomáticas necesarias en los Estados Unidos de Norteamérica con miras a facilitar la anexión de la República Dominicana a esa nación.
Derrocado del poder Buenaventura Báez, el polifacético Nicolás Ureña de Mendoza optó por retirarse al exilio.
Es innegable que diversos legados relacionados con la educación y el conocimiento en sus diferentes facetas, Ureña de Mendoza transmitió a su amada hija Salomé, quien con el discurrir del tiempo terminó siendo “una de las primeras colaboradoras de Hostos”, El Gran Sembrador, y en su época, “la primera maestra de la República”.
Como poetisa, Salomé Ureña, -para mayor honra de su progenitor-, logró superarlo en las lides de la poesía.
Como ironía y sorpresa agradable de la vida, vale puntualizar, tal como lo hace el preclaro historiador vegano, J Agustín Concepción, en la conclusión de la narración que sirve de base a esta exposición que, el “poeta de El Guajiro Predilecto se ve aventajado por la autora de La Llegada del Invierno en la medida que ésta es superada por sus eximios vástagos, los humanistas Pedro y Max Ureña, glorias auténticas de la intelectualidad dominicana”.
A tan hermosa y ejemplarizante familia, in memoriam, vaya nuestra expresión de agradecimiento y de eterna gratitud.

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