De Cambumbo y su Submundo

Al singular Tony Echavarría, Cambumbo, lo conocimos fruto del amor a la bohemia que caracterizaba a mi inolvidable hermano, Juan Eduardo Cruz Triffolio, quien en incontables visitas al centro de esparcimiento del simpático y extrovertido artista nos hizo conocerlo y tratarlo con frecuencia.

A estas relaciones de amistad contribuyó significativamente la siempre bien recordada Adonaida Mañé, persona que, aunque vivía a unas cuantas cuadras del espacio del centro de diversión ya referido, compartía una vinculación de hermandad con el inolvidable artista, al extremo de frecuentemente enviarle su desayuno y el almuerzo cotidiano.

Recordamos que, en ocasiones, la expresiva y amena Adonaida, quien nunca ocultaba su orgullo de haber engendrado un hijo con el inmortal del béisbol José Saint-Claire Cábelo, más conocido como Pepe Lucas, preparaba el rico chocolate mañanero que con algunos trozos de pan distribuía Cambumbo entre los estudiantes que transitaban por el frente de la espaciosa vivienda de la referida dama.

Aquel gesto humanitario, unido al hecho de que el extrovertido artista adoptara como su hijo a un escuálido niño mocano, a quien luego introdujo a la milicia y le acompañó hasta el día su fallecimiento, es una expresión genuina, entre otras, que pone de manifiesto el sentimiento humanista que le caracterizaba como persona.

Una de las peculiaridades que caracterizaron su lugar de encuentro con los parroquianos amantes de la bohemia, en altas horas de la noche, consistió en que para visitarlo era necesario, previamente y a través de un cristal en la puerta principal, dejar ver el rostro y luego, de los encargados de la seguridad así considerarlo prudente, se permitía o negaba el paso a quien allí recurría a compartir.

Entendemos que ese tipo chequeo era único en el país y sobretodo, en la zona Norte de la ciudad capital.

Vale decir que, una vez usted penetraba al establecimiento comercial, ubicado en la calle Paraguay esquina Juan José Duarte, ensanche La Fe, a corta distancia de la Avenida Máximo Gómez, otrora un destartalado garaje y punto de ventas de repuestos para vehículos, lo primero en encontrar, a su lado derecho, era el cuarto de dormitorio donde pernotaba Cambumbo y su acompañante de alcoba.

Varios pasos más adelante, en uno de los esquineros del estrecho espacio, los visitantes tenían que necesariamente observar una larga mesa ovalada cubierta de vinil y con varias sillas, donde sólo tenían el privilegio de charlar y compartir, directamente con el emblemático fonomímico, aquellos parroquianos de mucha intimidad y confianza.

En lo concerniente al show a disfrutar por los espectadores que allí se daban cita, fundamentalmente, consistía en una inusitada y atrayente presentación de Cambumbo, siempre con sus acentuados labios color carnoso, gracias a la aplicación de un pintalabios color rojo, en donde nunca faltó la exhibición de un sombrero o gorra llamativa.

La longitud de sus ojos se prolongaba con el uso de colores sugerentes y sus cejas constantemente lucían impecables con una definición envidiable por cualquier femenina cuidadosa en el tratamiento de su rostro.

Al vestir, Cambumbo lucía impecable y para sus actuaciones generalmente escogía el color negro, muchas veces salpicando su indumentaria y cara con escarcha.

Al momento de iniciar su presentación, exigía un silencio sepulcral, imponiéndose de inmediato el sonido de la vellonera con la canción romántica, escogida para servir de guía frente al público presente.

Concomitantemente con lo anterior, Tony Echavarría, el popular Cambumbo, encendía su largo foco de unas diez pilas con el cual lograba, en contraste con la oscuridad reinante en el ambiente, un efecto que acentuaba su rostro y presencia de una manera impresionante.

No obstante sus limitaciones para mover uno de sus brazos, a consecuencia de un disparo recibido por un abusador de los tantos que pulularon durante el régimen de “los doce años balagueristas”, su dominio en el escenario resultaba encantador y magistral, generando constantes y prolongadas ovaciones entre sus fieles seguidores.

En cada fonomímica realizada por el expresivo Cambumbo, considerado por muchos, en reconocimiento y justicia, como el auténtico rey dominicano de la mencionada expresión artística, tuvo siempre como rutina cambiar de sombrero o gorra cada vez que presentaba una canción de su preferencia o exigida por el público que asistía a sus presentaciones.

Sus sombreros y gorras respondían a diversos y vistosos colores y formas, a veces iluminados por algunas pequeñas bombillas o simplemente, decorados con algún material reflexivo.

De sus inolvidables actuaciones disfrutaron las figuras del canto popular, nacionales y extranjeras, quienes al finalizar sus compromisos en importantes centros de esparcimiento de la Primada de América, cerraban la larga noche en el local de “Cambumbo y sus amigos”.

Igual ocurría con reconocidos políticos y empresarios, quienes parecían llenarse de entusiasmo y alegría con las jocosidades y excentricidades del excepcional artista de la mímica.

Como nota triste en su cotidiano vivir, Tony Echavarría tuvo que encabezar, ya sea por espontaneidad o presiones del momento, en aquellos oprobiosos tiempos en que reinaba el sanguinario hijo de San Cristóbal y el enfrentamiento despiadado contra los prelados católicos no parecía tener límites, algunas de las incursiones de homosexuales, lesbianas y prostitutas a los templos del Divino Creador, escenificando actuaciones propias de la irreverencia y el poco temor a Dios, algo que con el discurrir de los años recordaba con gran dolor y vergüenza sin dejar de clamar la comprensión y el perdón de la sociedad dominicana.

Pero al margen de aquellos amargos y lastimosos episodios, lo cierto es que Cambumbo, con su fascinante magia y su insuperable manera de interactuar con su público, en cada una de sus inolvidables actuaciones, logró sustraer por siempre el cariño de su pueblo en cuyo corazón permanecerá por siempre como una estelar figura artística para la alegría y el sano esparcimiento.

Su sentido fallecimiento se produjo a consecuencia de problemas cardíacos, a finales del 1993, unas cuantas horas después de haber participado con éxito en un impresionante espectáculo presentado por la inconfundible y apreciada vocalista Vickiana, en el imponente teatro La Fiesta del Hotel Jaragua.

En definitiva, así vivió y compartió su talento y gracia insuperable Tony Echavarría, Cambumbo, promotor de las bohemias hasta que saliera el sol y creador de un estilo de comunicación y actuación artística señero y embriagante.

Qué grato es hablar ti y de tu submundo..!!

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