Ausencias de Rijo en las “Antologías” del Cuento

República Dominicana requiere de un inventario veraz de su quehacer cultural de las últimas décadas, ante la contaminación creada por los reconocimientos de origen primario, los premios cabildeados y el intercambio de “cobas” como retroalimentación del aberrante amiguismo, conducente al ridículo internacional. Por algo la literatura criolla solo brilla, con escasas excepciones, en el tenue parnaso local. Hará cincuenta años que en su obra Historia de la Literatura Hispanoamericana, el crítico argentino Enrique Anderson Imbert calificó al escritor dominicano José Rijo como “un cuentista esmerado”, lo que se valoró como un juicio atinado bajo el criterio de que en sus textos “se descubren elementos esenciales en la técnica narrativa, esto es, la adjetivación precisa y parca, la síntesis, el sentido plástico de las cosas, con predominio de la exactitud y el relieve sobre el ritmo, y la riqueza de un léxico sin pretensión erudita”.
Los comentarios de Anderson Imbert fueron en torno al libro de cuentos Floreo. Luego, al presentar en 1983 su obra Entre la realidad y el sueño: Elegía prosaica de la Dictadura y la Antidictadura, el rebelde narrador dominicano Pedro Péix ponderó “la plenitud narrativa alcanzada por José Rijo, su arcilla poética”. En otro trabajo crítico, el propio Péix trató de rescatar del olvido a otros cuentistas valiosos como Ramón Marrero Aristy, Néstor Caro y Ramón Lacay Polanco, excluidos de las “antologías” publicadas recientemente.
En lo que se realiza el inventario sugerido, valoramos el interés de una importante editorial en reeditar las publicaciones del cuentista nacido en Sanate de Higüey, provincia La Altagracia, en 1915 y fallecido en Santo Domingo en 1992. Las nuevas generaciones merecen conocer a Floreo, el perro de Pedernales que ilustra las ambivalencias del alma humana. Con Entre la realidad y el sueño entenderán las mascaradas que surgen con los cambios de mando en el poder político. Recuerdo que el poeta Raful lamentó tras su muerte que fue enterrado con dignidad no por escritor, sino por general retirado de la Policía. ¡Dios mío, cuánta iniquidad!

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