El 31, ¡con los guardianes!

Es una tradición mundial hacer actividades especiales, divertidas, llena de alegría y amor, para despedir un año y darle la bienvenida al próximo. Para este evento, la tendencia es reunirse con la familia y amigos. El pasado año, como muchos otros más, lo pasé en Europa, con mis dos hijos, Pietro y Pierre Porrello; este año, decidí permanecer en el pais.

 En las navidades, acepté invitaciones, pero ayer,  31 de diciembre decidí permanecer en casa, esperando el 2020. Llovían las razones: mis dos hijos, uno en Alemania y el otro en España y mi hermana Paula en Suiza, festejarían cinco horas antes que en RD; las hermanas en EU lo harían dos horas antes que en el pais; mis padres en lo cielo. Sabía que mi mente estaría volando hacia esos escenarios, que estaría espiritualmente con ellos. Por ningún motivo, quería darle cabida a la tristeza, a la melancolía; gracias a Dios, no fue así.

 Hacía unos días, me surgió la idea de compartir mi cenita de año nuevo con los diez (10) guardianes que custodian los edificios del entorno; personas humildes, trabajadoras, responsables, quienes lejos de su familia, se ven precisado a trabajar, mientras escuchaban los demás disfrutando con sus seres queridos. Así que, me concentré en ese proyecto.

Feliz, fui al supermercado y adquirí lo requerido para hacer la cena. El pasado 31 en la tarde lo pase super entretenida en la cocina, cantando y oyendo música, preparando con alegría esa comidita para esas personas que papa Dios, puso en mi entorno. Fue sencilla: arroz con maíz, chuletas y salami, plátanos maduros y de bebida, una botellita de malta para cada uno.! ¡La hice sola!  terminé agotada pero feliz.

 La serví en platos especiales, que ellos conocen, pues hace años los adquirí en mi pueblo, Moca, para hacerles llegar de los guisos que preparo; busque bandejas grandes y los coloque; llame el guardián del edificio donde vivo y se la hizo llegar a cada uno.

Estaban felices, pero ninguno más que yo; me serví mi cenita, me senté en la mecedora que perteneció a mi abuelo y desde la ventana, los observaba, buscando su plato y enviándome bendiciones. Di gracias a Dios, por facilitarme la forma de darle alegría, por permitirme no sentirme sola, aunque mis seres queridos estén muy lejos; por darme luces para buscar en mi interior, la manera de llevar cariño a personas que, en un momento determinado, necesitan un abrazo, necesitan afectos.

Y como dijo un filósofo alemán “Ya que no puedo hacer llover sobre Alemania entera, me conformo con mojar mi jardín”. Pero si cada uno lo hace, haremos del pais un hermoso parque, ¡un bello vergel!.

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